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8 de agosto del 2007

Del suplemento ‘Culturas' del periódico ‘ La Vanguardia ' publicado el miércoles 8 de agosto del 2007.
Por María Dolores Jiménez-Blanco




El baile de las medusas

En los acuarios fascinan; cerca de las playas asustan y asedian. Encarnan el terror mitológico femenino y las plagas amenazantes. El verano es su estación.


Medusa en el mar

Lo terrorífico ha fascinado siempre al indefenso hombre occidental. Quizá por eso la presencia de Medusa, encarnación de lo monstruoso por excelencia, ha podido atravesar las diversas épocas de la historia del arte, superando cambios culturales e históricos, hasta llegar a nuestros días. Como todas las grandes creaciones, la Medusa ha tenido la facultad de adaptarse a cada época. La complejidad de este personaje literario, entre cuyas principales fuentes están las Metamorfosis de Ovidio y la Teogonía de Hesiodo, ha permitido que, entre todos sus rasgos, cada época subrayase o escogiese aquel que mejor respondiese a los miedos, angustias o anhelos.

Según los textos clásicos, Medusa era una de las tres Gorgonas, las tres hijas de Celos y Forcis. De las tres, sólo Medusa era mortal, y llegó a ser muy admirada por su belleza y, en especial, por su precioso cabello. Poseidón, celoso después de perder frente a Atenea el concurso por el patronazgo de la ciudad de Atenas, poseyó a la desventurada Medusa en un templo de su diosa rival. Ésta decidió vengar la deshonra de su templo castigando a Medusa, cuya cabellera convirtió en un enredo de hidras o serpientes. Por si fuera poco, para evitar definitivamente que en el futuro pudiese atraer a otros amantes, la dotó de una escalofriante fealdad y una mirada tan intensa que dejaba petrificados a quienes osaran contemplarla directamente. La desventurada Medusa fue más tarde decapitada por Perseo, que había sido enviado por el rey Polidectes de Serifo para tal fin. Perseo consiguió realizar su tarea con la ayuda de Atenea, Hermes y Hades, que le prestaron algunos de sus atributos. Pero para ello utilizó, además, su inteligencia: en lugar de mirar directamente a Medusa, miró su reflejo en el metal de su escudo protector. Así no sólo consiguió decapitarla, sino que evitó convertirse en piedra.


'Medusa' de Caravaggio (1591-92)

Esta versión de la narración mitológica, que suma las informaciones de Ovidio y Hesiodo, combina ascendencia mítica, intrigas entre dioses, sexo, crimen y castigo -aunque, curiosamente, el castigo se aplica sólo a la parte femenina-, terror, heroísmo… Es decir, todos los ingredientes de un buen relato. No es extraño, pues, que a partir de esta historia y, sobre todo, a partir de la poderosísima imagen de una mujer de mirada paralizadora y cabello de serpientes, cuyo atractivo se torna en repulsión, se hayan forjado en la historia del arte incontables interpretaciones del mito. Son visiones adaptadas, como decíamos al principio, a las necesidades culturales de cada momento. Detengámonos en algunos casos concretos. En primer lugar, el célebre frontón del templo de Artemisia en la isla de Corfú, que muestra cómo en la antigüedad clásica Medusa, también llamada Gorgona, aparece como una figura gigantesca, hasta el punto de que sus proporciones sobrepasan las del espacio arquitectónico que la cobija. Nos hallamos en el siglo VI antes de Cristo, en la antesala del clasicismo, y Medusa aparece como una mujer de formas monstruosas cuya capacidad aterrorizadora la faculta como ominosa guardiana de templos. El segundo ejemplo nos sitúa en la Florencia de finales del renacimiento, y nos permite ver un interesante cambio de aproximación al tema de Medusa. Se trata de la figura de Perseo realizada por el escultor y orfebre Benvenuto Cellini. En ella el centro de atención de su asesino, Perseo, que aparece ahora como el prototipo del héroe, sosteniendo orgulloso la cabeza cercenada de la Gorgona. Haciendo gala del confiado talante del humanismo moderno, el escultor florentino ha preferido mostrar la capacidad del hombre para vencer, con su inteligencia y habilidad, a todo aquello que pudiera atemorizarle, ya sea natural o mitológico. El tercer ejemplo nos lleva al barroco, una época que se sintió especialmente atraída por lo extraordinario, por todo aquello que pudiese incitar nuestros miedos y exaltar nuestros sentidos más allá de las restricciones normativas de la belleza. En aquel ambiente, en el que aparecen horripilantes imágenes de martirios e infiernos, encontramos una pintura de Peter Paul Rubens que opera otro interesante giro en el tema de la Gorgona. Desplazando la atención de quién empuñaba el arma asesina al terrible resultado del asesinato, Rubens da todo el protagonismo de su pintura a una cabeza de cuello sangrante y repugnantes cabellos serpenteantes.


'Perseo' de Benvenuto Cellini (1554)

Más tarde, en la confluencia de los siglos XIX y XX, la figura de Medusa adquiere todo el encanto y todo el peligro de lo carnal para convertirse en símbolo de la omnipresente mujer fatal, cuyo letal atractivo se centrará, precisamente, en su suelta cabellera. Se trataba, en realidad, de una proyección del miedo que producía en la Europa de moral victoriana la llegada masiva a las ciudades de mujeres que, procedentes del campo, carecían de oficio conocido. Es la otra cara de la moneda de la mujer caída. En 1878, Arnold Böcklin realizará una conmovedora, casi lastimera imagen de Medusa que parece acercarse más bien a esta última mientras que, ya en 1893, Edvard Munch pintará una de las más potentes imágenes del tema de Medusa contemporánea, ahora no tan literalmente ovidiana: su famosa Vampiro, una mujer de largos cabellos naranjas que engulle a su presa. Eros-Tánatos, amor y muerte, como versión simbolista del hechizo de la Gorgona en el mundo contemporáneo. Ya en el mundo plenamente contemporáneo, Medusa ha seguido presentándose ante nuestros indefensos ojos como un peligrosísimo emblema de seducción, cuya sola visión, es capaz de aniquilar, como hacía la Medusa original, nuestra capacidad de movimiento.


'Cabeza de Medusa' de Peter Paul Rubens (1617-18)

Su imagen, convenientemente estilizada, ha sido desde los noventa uno de los más elocuentes símbolos del lujo: no es una casualidad que la firma de moda Versace la haya adoptado como imagen de marca. Todos sabemos que, en la actualidad, el hechizo del lujo nubla nuestras facultades y, en ocasiones, anula nuestra capacidad de movimiento. Irónicamente, sólo accedemos a él como Perseo logró acercarse a Medusa: a través del reflejo en un metal, el del dinero, que se presenta así como nuestro escudo protector.


La medusa identifica la marca comercial Versace

'Cabeza de Medusa' de Bernini (1630)

Si hay una característica clave que la figura de Medusa ha mantenido a lo largo de los siglos ha sido la alusión a su capacidad de petrificar a quien posara sus ojos sobre ella: su ardiente mirada era capaz de fulminar a los más valientes. Un contacto sensorial que, en todo caso, sugiere un paralelo con el síndrome que sufren quienes tocas a las medusas marinas que ahora inundan peligrosamente nuestras playas. En los últimos años quizá haya que considerar una nueva Medusa, de límites y formas mucho más difusos, tan móviles como las serpientes del cabello y tan centelleantes como la fulminadora mirada de la Medusa que describía los textos de Ovidio y Hesiodo. Me refiero a una especie de Medusa global: la de la sobreabundancia de imágenes que paralizan, igualmente, a quienes las miran. Como un monstruo de incontables tentáculos flotantes, los medios de comunicación visual se han convertido en la verdadera Medusa de nuestra época, petrificándonos una vez que exponemos nuestros cansados ojos a sus seductoras y narcóticas imágenes. Cada día, cada segundo, nuestra retina acusa el ataque de miles de imágenes de guerras, campañas electorales, publicidad, etc. que, lejos de enriquecernos, anulan por completo nuestro poder de decisión.

Esta nueva Medusa virtual no despierta, sin embargo, la misma alarma social que la plaga de nuestras playas. Nada que no entrañe un peligro físico inmediato parece asustarnos. Lo sublime ha dejado de tener sentido. Ni siquiera la figura de Medusa, sea real o no, capta ya nuestra atención, presente aún pero reducida a anécdota. Parece como si, desde la atalaya del siglo XXI, hubiésemos decidido distanciarnos de toda posibilidad de estremecernos ante lo terrorífico, descargándolo de su intensidad emocional por la desmitificadora vía del sentido del humor, incluso la figura convencional de Medusa en la película de Disney-Pixar titulada Monstruos S.A. se ha convertido en una simpática y domesticada figurilla de plastilina llamada Celia, cuyo dilema consiste en decidir si finalmente cambiará su imagen cortándose la cabellera. Algo que sólo consigue aterrorizar a las pobres serpientes que la forman. Precisamente lo que ahora produce miedo es nuestra incapacidad de sentir miedo ante Medusa. Nuestra incapacidad de sentir miedo. ¿Nuestra incapacidad de sentir?

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