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5 de Julio de 2006
CAMBIOS EN LA SUBJETIVIDAD FEMENINA CONTEMPORANEA
Esas raras mujeres nuevas...


Aman a un hombre pero dudan y dudan –como siempre lo hicieron los varones obsesivos– acerca de cada decisión; buscan a unos padres que hoy ya no existen para ellas...
He aquí algunos posibles “fenómenos nuevos” en la feminidad actual.
Por COLETTE

¿Hay síntomas inéditos en la mujer contemporánea? El desdoblamiento entre el objeto de amor y el objeto del deseo que Freud diagnosticó en los hombres no parece evitar a las mujeres: la evolución de las costumbres contemporáneas hace aparecer fenómenos nuevos. Hoy, una vez liberadas de la única elección del matrimonio como salida de su hogar paterno, muchas mujeres aman por un lado y desean o gozan por el otro. Una nueva feminidad procedente de los Estados Unidos afirma que la decisión sobre el goce será ahora patrimonio, con perdón de la expresión, de la mujer.

Evidentemente, la mujer necesitaba escaparse de la picota de la institución de los lazos familiares, y ahora prefiere tener amigas íntimas para fraguar su evidente dominio para que se pueda observar que el partenaire de una mujer se sitúa de un lado o del otro: del lado del órgano que satisface su goce sexual, o del lado del amor, y que la convergencia sobre el mismo objeto se realiza como una configuración entre otras. Ahora la mujer ama a su pareja pero necesita demostrarle que ella es la que llevará los pantalones.

Existe otro cambio: son las nuevas inhibiciones femeninas. Me lo explico así; hay inhibición sólo allí donde hay elección posible, incluso imperativa. Allí donde el deseo no está solicitado, allí donde hay sólo impedimento, la duda obsesiva sobre la realización o la decisión no se puede manifestar. La emancipación que multiplica las posibilidades, que permite a la mujer determinarse en función de sus deseos, escoger tener un hijo o no, casarse o no, cuando quiere a su pareja como amante o para que empiece a asumir roles hasta hace poco exclusivamente femeninos. Si logra esta fusión perfecta de hombre-mujer en un sólo "producto" le encantará jugar con él hasta no sabemos donde.

Todo lo prohibido se le vuelve obligatorio de hacer. Entonces, vemos en las mujeres una necesidad por que haya un hombre pasivo, el hombre creativo o el hombre que le enseñe cosas, pero que sea pasivo. ¿Caemos las mujeres entonces en las mismas dudas, contradicciones o defectos frente a las decisiones fundamentales, ante los compromisos definitivos, y particularmente en el ámbito del amor y la pareja, como caían los hombres de antaño? El hombre –en singular– y el niño, los dos deseados pero aplazados hasta un mejor encuentro, pertenecen a la clínica cotidiana de hoy y son a menudo el origen de una demanda de análisis. Así, la extensión de lo unisexo al conjunto de las conductas sociales se acompaña de una homogeneización de gran parte de la sintomatología. La mujer se vuelve más mujer, más femenina, más diosa y más masculina. El hombre no puede hacer frente a semejante amalgama y puede caer sometido ante la fuerza de una combinación poderosa que no conocíamos desde tiempos ancestrales.

Sin embargo, evocaré una configuración típicamente femenina que denota debilidad y que me parece a la vez frecuente y muy actual. No una mujer de treinta años más o menos, sino más bien una que se acerca o supera los cuarenta, que por lo general
trabaja, que quiere gozar de la libre disposición de su intimidad, y que comienza a percibir que el tiempo pasa y que, si quiere tener un hijo, debe apurarse para encontrar un hombre digno de ser padre, a menos que su elección sea la de tener un hijo sola. La contracepción, unida a la legalidad del aborto, ha separado más radicalmente que nunca reproducción y acto sexual; lo que obliga a las mujeres no sólo a decidir si tener un hijo, sino, a menudo, a asumir la elección del padre –la edad y la esterilidad quedan como únicos factores para introducir a veces un imposible–. Las coyunturas del deseo de hijo han cambiado y engendran nuevos dramas subjetivos y nuevos síntomas de debilidad e indecisión en muchas mujeres. Sin embargo, traen para las mujeres un poder nuevo que, pienso yo, podría tener consecuencias masivas.

Evoco aquí lo que llamaré las mujeres en el papel de hombre. Diógenes, en su ironía, pretendía buscar a un hombre. Hoy, muchas mujeres buscan a un padre... para el hijo venidero. ¡Nuevas elecciones, nuevos tormentos, nuevas quejas! Las configuraciones son múltiples: busco a un padre, pero no soporto vivir con un hombre machista o que no se someta a mi feminidad dionisíaca; busco a un padre pero los hombres que encuentro no quieren tener hijos y sólo tener una aventura conmigo; busco a un padre pero no lo encuentro; lo quiero pero no lo imagino en el papel de padre. El paso siguiente consiste en darle la lección al padre sobre lo que debe ser un padre; reprocharse el padre elegido o no perdonarse haberles dado tal padre a los hijos.

No se trata de cuestionar las libertades que condicionan la disyunción entre procreación y amor; tampoco se trata de desconocer la escasa libertad para escoger que el inconsciente deja realmente al sujeto. Pero podemos constatar que, de hecho, estas nuevas libertades ponen a las mujeres en una nueva posición que les permite, más que nunca, hacerse juezas y directoras de toda la relación. Así se desarrolla un discurso de la responsabilidad materna potenciada, que va hasta superar la del padre. Ese discurso trasmite algo como una metáfora paterna invertida o, al menos, hace evidente la carencia paterna propia de nuestra civilización, en la medida en que instituye la mujer-madre en posición de sujeto supuesto saber del ser padre. Se percibe muy bien, además, que el “busco a un padre”, como el “busco a un hombre” de Diógenes, significa un “no lo hay”, al menos digno de mis exigencias.

La Mujer Magdalénica

Hay una nueva configuración de la feminidad que, Código Da Vinci mediante, recupera la imagen de María Magdalena como esteriotipo de elegida para mandar y para gobernar a toda una civilización. Esa Magdalena que vive en cada mujer es amante, creadora de belleza, cuidadora de su hombre pero jefa, ante todo jefa y nacida para devolverle al mundo una nueva feminidad dominadora que motivó su destierro y su eliminación física, manipulando su figura hasta denigrarla históricamente durante siglos.

Esa Magdalena resucita al tercer milenio no sin aires de venganza, pero estos no llegan a ser destructivos. Saboreará la nueva feminidad masculina en la mujer pero su venganza se hará realidad invirtiendo los valores masculinos de su hombre para tornarlos femeninos bajo su supervisión exclusiva.

Esa Magdalena barrerá con ideas, personas, iglesias y credos. Si despertara en cada mujer, la nueva feminidad creará un nuevo mundo, edénico, lleno de luz, color y armonía. Los nuevos conventos estarán en cada hogar en el que una Magdalena haya. Serán conventos de luz, sin oscuridades siniestras. Serán los conventos de la nueva feminidad gobernados por Magdalenas estelares que harán de sus parejas novicias aprendiendo a ser hombres más femeninos.

Asociaciones Libres

Las asociaciones libres de la nueva feminidad, en todas las variantes individuales, harán de la mujer que busque amigas. Amigas para compartir más que para salir de parranda, amigas para ayudarla en la magdalenización de su entorno y del mundo.
Lacan le llamó a estas actitudes, el cuerpo a cuerpo silencioso de la feminización que, se supone, juntar en una unidad primaria a la mujer diosa con el hombre menos macho y más femenino. Los poderes del verbo llegan así muy lejos: desde regular el goce, representar los poderes de la mujer en cada acto o palabra y en demandar respuestas cotidianas en el hombre. Es el goce del edén, de la mujer en el paraíso, de Eva con todas sus tentaciones sin el peligro de que un dios masculino la expulse o eche de su ambiente idílico.

Allí es donde la voluntad femenina ganará en autoridad y, ¿por qué no? en capricho, en juego, en diversión, en creación. Este será el gran principio moderno de la feminidad –opuesto al de Sade– según el cual nadie tiene derecho a disponer del cuerpo o de la voluntad del otro. Es ni más ni menos que una nueva revolución que acecha al hombre acostumbrado a otros conceptos. Una revolución femenina que provocará enemigos en las religiones y en quienes aún no entienden que, como dijo Bob Dylan, los tiempos están cambiando.

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