Aman a un hombre pero dudan
y dudan –como siempre lo hicieron los varones obsesivos–
acerca de cada decisión; buscan a unos padres que
hoy ya no existen para ellas...
He aquí algunos posibles “fenómenos
nuevos” en la feminidad actual.
Por COLETTE
¿Hay síntomas inéditos en la mujer
contemporánea? El desdoblamiento entre el objeto
de amor y el objeto del deseo que Freud diagnosticó
en los hombres no parece evitar a las mujeres: la evolución
de las costumbres contemporáneas hace aparecer
fenómenos nuevos. Hoy, una vez liberadas de la
única elección del matrimonio como salida
de su hogar paterno, muchas mujeres aman por un lado y
desean o gozan por el otro. Una nueva feminidad procedente
de los Estados Unidos afirma que la decisión sobre
el goce será ahora patrimonio, con perdón
de la expresión, de la mujer.
Evidentemente, la mujer necesitaba escaparse de la picota
de la institución de los lazos familiares, y ahora
prefiere tener amigas íntimas para fraguar su evidente
dominio para que se pueda observar que el partenaire de
una mujer se sitúa de un lado o del otro: del lado
del órgano que satisface su goce sexual, o del
lado del amor, y que la convergencia sobre el mismo objeto
se realiza como una configuración entre otras.
Ahora la mujer ama a su pareja pero necesita demostrarle
que ella es la que llevará los pantalones.
Existe otro cambio: son las nuevas inhibiciones femeninas.
Me lo explico así; hay inhibición sólo
allí donde hay elección posible, incluso
imperativa. Allí donde el deseo no está
solicitado, allí donde hay sólo impedimento,
la duda obsesiva sobre la realización o la decisión
no se puede manifestar. La emancipación que multiplica
las posibilidades, que permite a la mujer determinarse
en función de sus deseos, escoger tener un hijo
o no, casarse o no, cuando quiere a su pareja como amante
o para que empiece a asumir roles hasta hace poco exclusivamente
femeninos. Si logra esta fusión perfecta de hombre-mujer
en un sólo "producto" le encantará
jugar con él hasta no sabemos donde.
Todo lo prohibido se le vuelve obligatorio de hacer. Entonces,
vemos en las mujeres una necesidad por que haya un hombre
pasivo, el hombre creativo o el hombre que le enseñe
cosas, pero que sea pasivo. ¿Caemos las mujeres
entonces en las mismas dudas, contradicciones o defectos
frente a las decisiones fundamentales, ante los compromisos
definitivos, y particularmente en el ámbito del
amor y la pareja, como caían los hombres de antaño?
El hombre –en singular– y el niño,
los dos deseados pero aplazados hasta un mejor encuentro,
pertenecen a la clínica cotidiana de hoy y son
a menudo el origen de una demanda de análisis.
Así, la extensión de lo unisexo al conjunto
de las conductas sociales se acompaña de una homogeneización
de gran parte de la sintomatología. La mujer se
vuelve más mujer, más femenina, más
diosa y más masculina. El hombre no puede hacer
frente a semejante amalgama y puede caer sometido ante
la fuerza de una combinación poderosa que no conocíamos
desde tiempos ancestrales.
Sin embargo, evocaré una configuración típicamente
femenina que denota debilidad y que me parece a la vez
frecuente y muy actual. No una mujer de treinta años
más o menos, sino más bien una que se acerca
o supera los cuarenta, que por lo general
trabaja, que quiere gozar de la libre disposición
de su intimidad, y que comienza a percibir que el tiempo
pasa y que, si quiere tener un hijo, debe apurarse para
encontrar un hombre digno de ser padre, a menos que su
elección sea la de tener un hijo sola. La contracepción,
unida a la legalidad del aborto, ha separado más
radicalmente que nunca reproducción y acto sexual;
lo que obliga a las mujeres no sólo a decidir si
tener un hijo, sino, a menudo, a asumir la elección
del padre –la edad y la esterilidad quedan como
únicos factores para introducir a veces un imposible–.
Las coyunturas del deseo de hijo han cambiado y engendran
nuevos dramas subjetivos y nuevos síntomas de debilidad
e indecisión en muchas mujeres. Sin embargo, traen
para las mujeres un poder nuevo que, pienso yo, podría
tener consecuencias masivas.
Evoco aquí lo que llamaré las mujeres en
el papel de hombre. Diógenes, en su ironía,
pretendía buscar a un hombre. Hoy, muchas mujeres
buscan a un padre... para el hijo venidero. ¡Nuevas
elecciones, nuevos tormentos, nuevas quejas! Las configuraciones
son múltiples: busco a un padre, pero no soporto
vivir con un hombre machista o que no se someta a mi feminidad
dionisíaca; busco a un padre pero los hombres que
encuentro no quieren tener hijos y sólo tener una
aventura conmigo; busco a un padre pero no lo encuentro;
lo quiero pero no lo imagino en el papel de padre. El
paso siguiente consiste en darle la lección al
padre sobre lo que debe ser un padre; reprocharse el padre
elegido o no perdonarse haberles dado tal padre a los
hijos.
No se trata de cuestionar las libertades que condicionan
la disyunción entre procreación y amor;
tampoco se trata de desconocer la escasa libertad para
escoger que el inconsciente deja realmente al sujeto.
Pero podemos constatar que, de hecho, estas nuevas libertades
ponen a las mujeres en una nueva posición que les
permite, más que nunca, hacerse juezas y directoras
de toda la relación. Así se desarrolla un
discurso de la responsabilidad materna potenciada, que
va hasta superar la del padre. Ese discurso trasmite algo
como una metáfora paterna invertida o, al menos,
hace evidente la carencia paterna propia de nuestra civilización,
en la medida en que instituye la mujer-madre en posición
de sujeto supuesto saber del ser padre. Se percibe muy
bien, además, que el “busco a un padre”,
como el “busco a un hombre” de Diógenes,
significa un “no lo hay”, al menos digno de
mis exigencias.
La Mujer Magdalénica
Hay una nueva configuración de la feminidad que,
Código Da Vinci mediante, recupera la imagen de
María Magdalena como esteriotipo de elegida para
mandar y para gobernar a toda una civilización.
Esa Magdalena que vive en cada mujer es amante, creadora
de belleza, cuidadora de su hombre pero jefa, ante todo
jefa y nacida para devolverle al mundo una nueva feminidad
dominadora que motivó su destierro y su eliminación
física, manipulando su figura hasta denigrarla
históricamente durante siglos.
Esa Magdalena resucita al tercer milenio no sin aires
de venganza, pero estos no llegan a ser destructivos.
Saboreará la nueva feminidad masculina en la mujer
pero su venganza se hará realidad invirtiendo los
valores masculinos de su hombre para tornarlos femeninos
bajo su supervisión exclusiva.
Esa Magdalena barrerá con ideas, personas, iglesias
y credos. Si despertara en cada mujer, la nueva feminidad
creará un nuevo mundo, edénico, lleno de
luz, color y armonía. Los nuevos conventos estarán
en cada hogar en el que una Magdalena haya. Serán
conventos de luz, sin oscuridades siniestras. Serán
los conventos de la nueva feminidad gobernados por Magdalenas
estelares que harán de sus parejas novicias aprendiendo
a ser hombres más femeninos.
Asociaciones Libres
Las asociaciones libres de la nueva feminidad, en todas
las variantes individuales, harán de la mujer que
busque amigas. Amigas para compartir más que para
salir de parranda, amigas para ayudarla en la magdalenización
de su entorno y del mundo. Lacan
le llamó a estas actitudes, el cuerpo a cuerpo
silencioso de la feminización que, se supone, juntar
en una unidad primaria a la mujer diosa con el hombre
menos macho y más femenino. Los poderes del verbo
llegan así muy lejos: desde regular el goce, representar
los poderes de la mujer en cada acto o palabra y en demandar
respuestas cotidianas en el hombre. Es el goce del edén,
de la mujer en el paraíso, de Eva con todas sus
tentaciones sin el peligro de que un dios masculino la
expulse o eche de su ambiente idílico.
Allí es donde la voluntad femenina ganará
en autoridad y, ¿por qué no? en capricho,
en juego, en diversión, en creación. Este
será el gran principio moderno de la feminidad
–opuesto al de Sade– según el cual
nadie tiene derecho a disponer del cuerpo o de la voluntad
del otro. Es ni más ni menos que una nueva revolución
que acecha al hombre acostumbrado a otros conceptos. Una
revolución femenina que provocará enemigos
en las religiones y en quienes aún no entienden
que, como dijo Bob Dylan, los tiempos están cambiando.